Ya sabía yo que no podía salir todo perfecto. Si uno quiere tener anécdotas que poder contar no puede ser de otra manera. Mi caso no ha sido una excepción.
Me las prometía muy felices cuando vi a los dos chicos que vinieron a recogerme justo frente a la puerta del aeropuerto. Habían venido a recogerme en coche y lo menos que podía hacer era pagar el párking.
De camino a la residencia hablamos relativamente poco, pero lo poco que hablamos no podía augurar una peor noche. A mitad de camino, uno de los dos chicos me pregunta: "¿Y ya tienes solucionado el tema de las llaves de tu residencia? ¿Has avisado de que llegabas tarde?"
Yo me quedé en silencio durante unos instantes tratando de asimilar esa pregunta. Con voz titubeante respondo:
"Se supone que era David quien tenía que recoger mis llaves."
David, que estaba sentado en el asiento del copiloto dice que el coordinador no se lo había vuelto a recordar.
El otro chico dice: "Entonces tenemos un problema." Y yo pensé: "El problema lo tengo yo, a vosotros no se os ve muy preocupados."
Bueno, pues de perdidos al río. Intentamos ir a la universidad a ver si localizábamos al coordinador pero ya no estaba allí. Intentaron acoplarme en otra residencia, pero no hubo suerte.
Finalmente, se me ocurrió llamar a un chico español que estaba en mi residencia y que resultó ser mi salvación.
Ironías de la vida, es compañero de piso de este tal David, el mozo alemán algo olvidadizo.
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Primera noche en suelo alemán
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