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Las vacaciones de navidad. Parte IV.

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Pensaréis que no fui capaz de volver a casa. Toda la historia se quedó cuando estaba subido en ese avión camino a Barcelona, sin posibilidad de coger el vuelo a Madrid.

El aire de incertidumbre y la frustración fueron mis compañeros de viaje durante ese vuelo, sin olvidarnos, claro está, de Maggie. Vuelvo a decir que fue una verdadera suerte que viajásemos juntos.

Pues nada, llegamos a Barcelona, allí estaba esperando un amigo de ella, que se encontró con otro bulto de equipaje algo inesperado. Poco antes, mientras esperábamos a que saliese mi maleta volví loca a mi novia y a mis padres al teléfono hasta que, por fin, consiguieron comprarme un billete de bus para esa noche hasta Madrid.

Cogimos el Cercanías hasta Barcelona Sants y luego allí el Metro. Yo me tenía que bajar en Arco del Triunfo para llegar a la estación de Barcelona Nord. La espera se hizo interminable, bocadillos de jamón aparte.

Al fin subí en el autobús y llegué a casa entre el olor a humanidad y las estrecheces del asiento. Pero valió la pena, volvía a estar en casa. Madrid de nuevo. Me estaba esperando mi padre en la estación de Avenida de América. Por fin volvía a estar entre los míos. Sólo faltaba una cosa.

Faltaba lo más importante, el motivo por el que me preocupaba no llegar a casa. Por fin la llamé. Me di una ducha y pudimos salir a dar un paseo y desayunar juntos. Un mes y medio después. Ahora sí, ya estaba en casa.

FIN.

Las vacaciones de navidad. Parte I

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Se podría decir que hasta ahora nunca había tenido experiencias desagradables a la hora de viajar. Siempre he tratado de ser puntual y previsor, hacer caso a las indicaciones de estar con suficiente antelación en el aeropuerto, etc… Por eso creo que duele más que las cosas salgan mal cuando pones todo de tu parte para que no sea así.

Regreso a casa. Día 17 de diciembre. Viernes. Para poneros en situación tengo que comentaros que el día anterior al vuelo se suspendieron las clases debido a una tremenda nevada en Dortmund. Así pues, pasamos todo el día con miedo a que nos quedásemos en tierra mirando el estado de los aeropuertos a cada hora.

Una vez llegado el día tuve la suerte de viajar con mi amiga Maggie que ese fin de semana también volvía a casa, aunque ella se quedaba Barcelona a pasar el fin de semana.
Mi plan de vuelo era DTM-BCN de 15:00 a 17:20 y BCN-MAD de 20:30 a 21:50. Así pues, tal como os decía antes, llegamos al aeropuerto con más de dos horas de antelación para facturar con tranquilidad y comer algo allí.

Situación tragicómica número 1:

Mostrados de Easyjet, va a facturar Maggie. Lleva una maleta de mano y un bolso. En el mostrados exigen que el equipaje de maneo conste de un único bulto. Ella llevaba una maleta de mano y un bolso.
Nos tocó rehacer el equipaje delante de todo el mundo. Ella cogió lo básico y metió su bolso en mi maleta, quedándose con su bolsa de mano. Yo facturé mi maleta. Prueba superada. O eso creíamos.

Nos fuimos a tomar un café en la única cafetería del ridículo aeropuerto de Dortmund, de camino Maggie me decía: “Hoy va a ser un día divertido”.
No sé cómo surgió el tema, pero mientras tomábamos el café nos dimos cuenta de que las llaves del candado de la bolsa de mano estaban en el bolso de Maggie. Que estaba… sí, estaba en mi maleta recién facturada. El principal problema era que a la hora de pasar el control en el aeropuerto hay que sacar los portátiles para pasarlos por el control, y cómo no, el portátil estaba dentro de la bolsa cerrada.

Nos dirigimos al control más o menos pronto conscientes de la situación, temiendo acabar en un cuarto oscuro lleno de señores alemanes.
Al pasar por el arco de seguridad yo no tuve ningún problema y aparentemente Maggie tampoco, hasta que no nos devolvían su bolsa y pasaron unos minutos. Ya uno de los vigilantes nos llamó la atención y nos dijo que necesitaba abrir la bolsa. Le explicamos que no teníamos la llave y que, si era necesario, rompiese el candado. Pero no pudo. Tenían unos ridículos alicates incapaces de hacer ni un simple arañazo al dichoso candado.

Al final, lo que me temía, nos llevaron para el cuarto oscuro. Y salió un señor que decía estar especializado en este tipo de situaciones. A todo esto, la pobre Maggie estaba un poco hundida por el despiste y yo no paraba de decirle: “Esto le puede pasar a cualquiera”.
Nos quedamos en la puerta del cuarto oscuro, y corriendo un poco la cremallera consiguió introducir en la bolsa una especie de papel que frotó en el interior. Resultado negativo. Viva, no somos terroristas, podemos continuar nuestro viaje. A todo esto, el señor se estaba partiendo la caja, nos debió de ver cara de pringaos. Al menos esta es la parte divertida del viaje.

Fin de la primera parte. Continuará… 

Primera noche en suelo alemán

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Ya sabía yo que no podía salir todo perfecto. Si uno quiere tener anécdotas que poder contar no puede ser de otra manera. Mi caso no ha sido una excepción. 
Me las prometía muy felices cuando vi a los dos chicos que vinieron a recogerme justo frente a la puerta del aeropuerto. Habían venido a recogerme en coche y lo menos que podía hacer era pagar el párking. 
De camino a la residencia hablamos relativamente poco, pero lo poco que hablamos no podía augurar una peor noche. A mitad de camino, uno de los dos chicos me pregunta: "¿Y ya tienes solucionado el tema de las llaves de tu residencia? ¿Has avisado de que llegabas tarde?"
Yo me quedé en silencio durante unos instantes tratando de asimilar esa pregunta. Con voz titubeante respondo:
"Se supone que era David quien tenía que recoger mis llaves."
David, que estaba sentado en el asiento del copiloto dice que el coordinador no se lo había vuelto a recordar.
El otro chico dice: "Entonces tenemos un problema." Y yo pensé: "El problema lo tengo yo, a vosotros no se os ve muy preocupados."
Bueno, pues de perdidos al río. Intentamos ir a la universidad a ver si localizábamos al coordinador pero ya no estaba allí. Intentaron acoplarme en otra residencia, pero no hubo suerte. 
Finalmente, se me ocurrió llamar a un chico español que estaba en mi residencia y que resultó ser mi salvación. 
Ironías de la vida, es compañero de piso de este tal David, el mozo alemán algo olvidadizo.